En los años setenta y ochenta, la educación tenía un formato distinto, unas dinámicas diferentes. Hugh Brittain, ex profesor, decidió incentivar la creatividad de sus alumnos en sexto grado de la escuela primaria Havelock en Saint John, New Brunswick. Les pidió que escribieran un diario durante una semana, otorgándoles libertad total sobre su contenido. “Los sellé y les di carta blanca para que escribieran lo que quisieran, lo que les molestaba o lo que les parecía importante en sus vidas”, compartió Brittain en una entrevista con CNN.
Bestias del pasado, esos diarios se convirtieron en cápsulas del tiempo que guardó celosamente. Brittain nunca los leyó, sino que los mantuvo para entregarlos a sus estudiantes al momento de su graduación, solicitando que reflexionaran sobre sus vidas a los 12 años. Esta práctica de apreciación del pasado otorgaba la oportunidad de mirar atrás y autoevaluarse.
Luego de 34 años de enseñanza, en 1995, Brittain decidió empacar sus recuerdos, incluyendo docenas de diarios. La escuela fue cerrada y demolida en 2016, dejando solo recuerdos y el anhelo de cerrar ciclos. En una reunión reciente, Brittain pudo devolver algunos diarios a sus autores, pero aún le quedaban 26 sin entregar.
“No sabía qué hacer con ellos, no quería deshacerme de ellos, así que pensé en intentarlo de nuevo”, expresó Brittain. Así, decidió usar las redes, publicando fotografías de los diarios en un grupo de Facebook, y mencionando los nombres de estudiantes que estaban en sus clases durante 1977-78, 1981-82, 1982-83 y 1987-88.
- **A continuación, un breve resumen de su travesía con los diarios:**
- Guardarlos durante 43 años.
- Intentar entregarlos a sus antiguos estudiantes.
- Las memorias como símbolo del impacto que tuvo en la vida de los jóvenes.
- La expectativa de revivir momentos pasados compartidos.
“No sé por qué guardé los papeles durante tantos años”, comentó Brittain. Esta acción se ha transformado en un hilo que conecta su pasado con el presente de sus alumnos, quienes ahora son adultos con historias por contar.

Uno de sus exalumnos, Maria Yelle, expresó su sorpresa y emoción al enterarse de esta iniciativa. Recordando que Brittain siempre impulsaba a sus estudiantes, se sintió agradecida por la atención que le dio a su trabajo. Yelle, que reside en Wisconsin ahora, notó que su dedicación había dejado una huella en ella y en su familia, así como inspirando la creatividad de su hija.
Otro exalumno, Austin Hutton, ahora de 45 años, recibió su diario junto con memorias de sus sueños de juventud. Entre líneas recordó cómo escribió sobre su primer enamoramiento y sus amigos. “Era algo que tenía desde hace años y aún tenía la decoración de béisbol que le había hecho”, recordó emocionado. La idea de Brittain de guardar esos recuerdos muestra una conexión conmovedora entre el pasado y el presente. Los exalumnos, ahora padres, comparten esta herencia de escritura y reflexión con sus hijos.
“Ellos pensaron que era gracioso que su papá se portara así por las chicas y quedó sorprendido con lo que había escrito de niño”, comentó Hutton. Además, el impacto emocional que causó recibir su diario años después fue significativo, una forma tangible de revivir su infancia. 😭
La nostalgia y el acto de reconectar son muy poderosos en la educación. Los diarios son una representación de cómo los maestros pueden influir en la creatividad y la autoexploración de sus estudiantes. La aventura de Hugh Brittain no solo se trata de devolver ciertos objetos materiales sino de alentar a los antiguos estudiantes a reflexionar sobre su propia historia.
Así, en una época en la que el contacto físico es escaso, las palabras escritas desde un lugar de compasión y dedicación pueden crear conexiones que trascienden el tiempo y el espacio. El legado de un docente se encuentra en cada palabra escrita y en cada memoria vivida.